Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero

jueves, 1 de noviembre de 2012

Cementerio civil de Madrid, donde descansa la heterodoxia



En un país orgulloso de la tolerancia, por ejemplo, los restos de los jefes de estado democráticos descansan en lugares solemnes. En este país nuestro ese lugar de descanso es el cementerio civil, un anexo del Cementerio del Este (luego llamado de la Almudena), construido para albergar en su último descanso a comunistas, socialistas, masones, protestantes, judíos, agnósticos, librepensadores, suicidas… En definitiva, una necrópolis en la que, paradójicamente, vive la tolerancia. El lugar de los repudiados por la Iglesia católica.



No sabemos por qué aquel 8 de septiembre de 1884, con sólo 20 años, Maravilla Leal González, decidió acabar con su vida. No sabemos qué pasaría por su cabeza, pero desde luego no contemplaba pasar a la pequeña historia de Madrid. Los restos de Maravilla fueron los primeros en ocupar el cementerio civil, ya que, como mandaba la santa madre Iglesia, se le negó el descanso eterno en un camposanto por suicida. 

El cuerpo de Maravilla tuvo que esperar hasta el día 9 para reposar bajo tierra, jornada en que la necrópolis fue inaugurada por Alfonso XII.

En 1932, la República quiso que este cementerio tuviera la misma consideración que los católicos y obligó por ley derribar los muros de separación existente con su vecino católico de la Almudena. Seis años más tarde el franquismo rehízo lo derribado.

Cuando octubre ya mira a noviembre, mes de difuntos, un paseo por el cementerio civil, embarrado por la melancolía de la llovizna otoñal, nos evoca a un suicida ilustre, Mariano José de Larra y su irrepetible artículo Día de difuntos de 1836. En él, refiriéndose a los ministerios imaginaba un epitafio: “Aquí yace media España, víctima de la otra media”.

Pero en el cementerio civil, desde su inauguración, también reposan familias extranjeras pertenecientes a religiones distintas a la católica, apostólica y romana. Hay epitafios en cirílico y japonés, aunque es llamativo el elevado número de familias alemanas, como la de Loewe (conocida marca de lujo) y Schindler (conocida empresa de ascensores), vecinas de Madrid desde hace décadas.

En definitiva, el cementerio es un homenaje a la tolerancia representada por los librepensadores. Éstos tienen a la entrada, a la derecha su monumento conmemorativo. Es la tumba de Antonio Rodríguez y García Vao, poeta, escritor que “batalló por la libertad del pensamiento y cayó bajo acero homicida. El monolito fue erigido por suscripción popular en 1892.

En el cementerio civil, paradójicamente, reposan los restos de personas que nunca morirán. Luchadores de la paz, sembradores de libertad, humanismo, fraternidad… Personajes variopintos que esperan descansar “por fin, porque ya no hay nada más”, o en un paraíso, o en el Oriente eterno. Eso es lo de menos.

“Ni nos domaron…”

El epitafio de la tumba de Marcelino Camacho con su conocida máxima, “ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”, bien podría servir como lema de todo el cementerio civil de Madrid.

Allí reposan codo a codo, Pasionaria y Pablo Iglesias. Allí reposan ilustres muertos de la España progresista, por ejemplo, tres de los cuatro presidentes de la I República: Estanislao Figueras, Francesc Pi i Margall y Nicolás Salmerón, con un epitafio contundente: “Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte”.

En el paseo podemos encontrar las tumbas de Julián Besteiro y Largo Caballero. También descansa Julián Grimau, fusilado en 1963 por Franco; el pensador Xabier Zubiri; o el teniente Castillo, un hombre de izquierdas acribillado a balazos por los falangistas el 12 de julio de 1936. La venganza de la muerte de Castillo fue la muerte de José Calvo Sotelo el día después, el último argumento de quienes conspiraban contra la República

(En esta ocasión las fotos son mías, pero la idea de subirlas primero a IG con los filtritos y tal fue de, claro, Fran Lorente).




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